Tetera de vidrio con infusión de menta sobre mesa de madera

Cuando nos adentramos en el mundo de las plantas medicinales generalmente lo hacemos mediante libros que listan decenas de plantas con sus propiedades y usos (otro día os explico porqué no me gusta hablar de los “usos de las plantas” y prefiero hacerlo de sus virtudes). El problema es que a la que llegamos a la cuarta planta, ya no recordamos la primera, o mezclamos propiedades de la segunda con la tercera. Con los años me he dado cuenta de que la mejor manera de adentrarse en el mundo del herborismo es mediante la interacción directa con las plantas, ellas son nuestras mejores maestras, y para ello es imprescindible adoptar una aproximación sensorial en lugar de únicamente intelectual.

El herbalismo sensorial es una forma de acercarse a las plantas medicinales a través de la experiencia directa. En lugar de empezar por las propiedades teóricas, empezamos por algo más simple y accesible: la percepción sensorial/corporal.

Aquí el término «sensorial» se utiliza para describir la forma en que nos relacionamos con las plantas, descubriéndose a través de todos nuestros sentidos: la vista, el tacto, el olfato, el gusto… para luego integrar la información usando nuestra intuición y nuestra mente analítica.

La cata de infusiones es una de las formas más sencillas y accesibles de adentrarse en este tipo de aprendizaje así que hoy os escribo sobre cómo preparar infusiones y decocciones y lo más importante, como degustarlas.

 

El gusto como vía de conocimiento

El gusto es una de las herramientas más útiles del herbalismo sensorial. A través del gusto no solo percibimos el sabor de una planta, sino que podemos inferir algunas de sus acciones en el cuerpo, es decir, cómo interactúa con éste.

Y al empezar a poner atención en los sabores, no hace falta “interpretarlo todo” desde la primera cata. La idea es simplemente observar: qué sientes, cómo reacciona tu cuerpo, qué te resulta agradable o no, qué cambia después de tomar una infusión.

Con la práctica, el paladar se afina, nuestra percepción sensorial se agudiza y empezamos a reconocer patrones.

 

Sabores básicos en la degustación de infusiones

Estos son los principales sabores que vamos a utilizar como guía:

Dulce: tonificante, nutritivo, estabilizante. Suele asociarse a plantas que calman y sostienen. Remarcar que no hablo aquí de azúcares o edulcorantes añadidos, hablo de la dulzor natural presente en ciertos alimentos como los tubérculos o las frutas.

Los mucílagos son un tipo de azúcares complejos (polisacáridos) con textura gelatinosa y viscosa, presentes en plantas que seguramente conoces como el lino o la chía. Tienen un efecto demulcente: protegen, suavizan e hidratan las mucosas (respiratorias, digestivas y urinarias) ayudando a mantener su integridad. Son especialmente útiles en casos de sequedad o irritación, favorecen el tránsito intestinal y también actúan como soporte prebiótico.

Salado/mineral: remineralizante. Da sensación de estructura y equilibrio. Nutre en profundidad, sostiene el sistema nervioso y aporta una cualidad de enraizamiento, como si devolviera al cuerpo ciertos elementos básicos que le permiten reorganizarse.

Amargo: estimula la digestión y la depuración. Activa procesos digestivos y de desintoxicación. Enfría, seca y ayuda a drenar, movilizando aquello que está estancado. Es un sabor que clarifica, que invita a soltar y a limpiar tanto a nivel físico como energético.

Ácido/agrio: refrescante, tonificante. Contrae y activa suavemente. Ayuda a recoger lo disperso, a dar tono a los tejidos y a despertar los procesos digestivos y metabólicos sin resultar agresivo. Tiene una cualidad ligeramente astringente y móvil, que dinamiza sin agotar.

Pungente (picante/aromático): calentador, estimulante y expansivo. Activa la circulación, despierta los sentidos y moviliza la energía hacia fuera. Abre los poros, favorece la eliminación y ayuda a liberar bloqueos, tanto físicos como emocionales. Es un sabor que dispersa y pone en movimiento.

Astringente: es más una sensación en la lengua que un sabor como tal. Contrae y tonifica tejidos. Genera sensación de firmeza y contención. Ayuda a detener pérdidas, a recoger lo que se desborda y a restaurar límites, aportando estructura allí donde hay laxitud o exceso de fluidez.

 

Empezar a escuchar el cuerpo

En la cata de infusiones no se trata de acertar o interpretar “correctamente”, sino de desarrollar atención. Tómatelo como una forma de meditación si quieres o una forma de regresar a tí y a tu cuerpo.

Una misma planta puede sentirse diferente según el momento, el estado físico o emocional. Por eso, al inicio, lo más útil es observar sin forzar conclusiones.

Con el tiempo, esta práctica permite algo sencillo pero potente: empezar a reconocer cómo responde tu cuerpo a cada planta y empezar a reconocer patrones.

 

Preparación de infusiones y decocciones

Más allá de la técnica, preparar infusiones o decocciones puede convertirse en un pequeño ritual: un momento de pausa, de presencia y cuidado. Y también habrá días en que la vida apriete y no haya espacio para ese gesto; entonces simplemente las dejas preparándose en segundo plano, las guardas en un termo o una botella y te acompañan, discreta pero profundamente, a lo largo del día.

En esencia, ambas son preparaciones acuosas (se hacen con agua), pero es importante distinguirlas según la parte de la planta que utilizamos.

  • Las infusiones se emplean con las partes más blandas y delicadas, como hojas y flores.
  • Las decocciones, en cambio, se reservan para partes más duras o resistentes, como raíces, cortezas o semillas.

Y la diferencia está en el tiempo durante el que la planta está en agua hirviendo.

Preparación de infusiones

Basta con hervir agua, verterla sobre la planta (aproximadamente una cucharada de planta seca por taza o dos de planta fresca), tapar el recipiente y dejar reposar entre 5 y 10 minutos.
El gesto de tapar es clave, ya que permite conservar los compuestos aromáticos y volátiles que de otro modo se dispersarían.

Pasado este tiempo, se puede colar o simplemente beber tal cual. Es una forma de preparación suave, que respeta la naturaleza de la planta y permite obtener una bebida equilibrada y agradable.

Preparación de decocciones

En estos casos, al tratar con raíces y partes más duras, el agua necesita más tiempo y calor para penetrar en la estructura vegetal y liberar sus componentes. Para ello, se coloca la planta en agua fría y se lleva a ebullición, manteniendo después un hervor suave durante unos 5-15 minutos. Este proceso más prolongado permite extraer sustancias que no se liberarían en una infusión.

También pueden aplicarse decocciones cortas a plantas herbáceas con partes más endurecidas, como el romero o el tomillo.

El resultado de una decocción suele ser más intenso, tanto en sabor como en acción, mientras que la infusión tiende a ser más ligera y aromática. Cuando ya hemos terminado de prepararlas, la materia vegetal que queda puede devolverse a la tierra mediante compostaje, cerrando así el ciclo y devolviendo a la naturaleza lo que nos ha ofrecido.

Una vez preparadas, tanto las infusiones como las decocciones pueden conservarse en la nevera durante 24–48 horas.

Una forma práctica de aprendizaje

La cata de infusiones no es un ejercicio intelectual, sino una experiencia sensorial. Es una manera de aprender que se basa en repetir, observar y reflexionar. Y, sobre todo, en empezar a confiar en la información que aparece cuando te detienes el tiempo suficiente para percibirla.

DEGUSTACIÓN DE INFUSIONES Y DECOCCIONES

(puedes escucharla en audio para que te acompañe sin necesidad de estar leyendo)

 

Hay un momento, justo antes del primer sorbo, en el que todo puede cambiar. Un instante pequeño, casi imperceptible, donde una taza caliente entre las manos se convierte en un puente hacia dentro. Por eso, antes de empezar, me gustaría invitarte a regalarte algo que casi nunca nos concedemos: unos minutos de presencia plena.

Siéntate cómoda. Respira hondo, una vez, dos, tres. Cierra los ojos si te apetece y fíjate en tus latidos, en ese pulso interno que te recuerda que estás viva. Si aparecen pensamientos —tareas pendientes, preocupaciones, ruido— déjalos pasar como quien observa hojas caer en un río. También ellos son mensajes, pero ahora no necesitan protagonismo.

Cuando sientas que el cuerpo se suaviza un poco, acerca la taza a tu rostro. Destápala. Permite que el aroma te encuentre. No hace falta que lo nombre tu mente: fragante, floral, resinoso, mentolado… Lo importante es qué te hace sentir. Si no percibes nada, está bien también. No todas las conversaciones empiezan en voz alta, a veces son susurros que van directos a nuestro subconsciente.

Vuelve a cubrir la taza y espera un par de minutos. Inhala de nuevo. ¿Qué cambia en ti? ¿Qué se mueve? ¿Hay una emoción nueva, una sensación que no estaba hace un instante? Aquí no hay aciertos ni errores: solo tu experiencia, única e irrepetible.

Ahora sí, toma un sorbo pequeño. Deja que la infusión recorra tu boca antes de tragarla. ¿Hacia dónde va su energía? ¿Desciende, asciende? ¿Notas calor en algún punto concreto? ¿Frío? ¿Un cosquilleo suave en los dedos, un bostezo que no esperabas, la necesidad de mover el cuello o estirar las manos? La planta ya está hablándote, solo tienes que seguir escuchando.

Toma otro sorbo cuando lo sientas. Observa. Anota si quieres. Dibuja. Canta. Usa colores. Cada persona tiene un idioma distinto para traducir lo que siente. Algunas reciben imágenes, otras recuerdos, otras una palabra suelta o un cambio casi imperceptible en la respiración. Todas esas formas son válidas. Descárgate esta plantilla por si quieres plasmar tu vivencia y empezar un pequeño diario de degustaciones.

Sigue con tu infusión, sorbo a sorbo, escuchado a tu cuerpo.

Si no sientes nada, eso también es información. Pregúntate: ¿qué parte de mí no quiere —o no puede— percibir ahora? ¿Qué hubiera significado sentir algo? La ausencia también es un mensaje.

Con el tiempo, cuando repitas este ritual con una misma planta, empezarás a reconocer patrones: aquello que no viene de ti, sino de ella. Sus cualidades más universales, su carácter, su voz. Ahí empieza realmente el camino del herbalismo instintivo: cuando la planta deja de ser una idea en la mente y se convierte en una presencia con la que conversar. Porque al final, para entrar en el mundo del herbalismo, no hay mejor maestra que la planta misma. Lo único que necesitas es tiempo, escucha y una taza caliente entre las manos.

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Nitdia
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